El V Foro Nacional de Biocombustibles, celebrado hace pocos días en Monte Buey, puso nuevamente de manifiesto la extraordinaria oportunidad que se abre para el campo y para el país. Apareció un nuevo mercado para los productos agrícolas básicos, tomando por sorpresa a la mayor parte de los analistas y los productores. Pero ahora todos quieren subirse al tren. Es lícito y loable que lo intenten.
El primer mensaje, a los que se manifiestan ansiosos por entrar al negocio, es que ya ganaron. Antes eran productores de materias primas para la industria alimenticia. Ahora son dueños de campos petroleros. El etanol de cereales y el biodiésel (proveniente de aceites vegetales) se arbitran según el precio del petróleo.
Y además hay razones ambientales que derivaron en regulaciones que favorecen el impulso a las fuentes de energía renovable. Renovables son el maíz, la caña de azúcar, la soja, la colza, el ricino, que todos los años repiten el milagro de la fotosíntesis, capturando dióxido de carbono del aire para fijarlo bajo la forma de azúcares o aceites en las semillas, en los tallos, en las hojas. Todo lo que hace falta es un suelo como superficie de captación solar, en un área donde llueva o donde se pueda regar, y agregarle un puñado de nutrientes para que la producción se haga sustentable, y no a costa del agotamiento de los suelos.
En esto estábamos en la Argentina, que lidera la agricultura conservacionista a nivel mundial gracias al avance de la siembra directa y a la conciencia creciente acerca de manejar el balance de nutrientes, cuando irrumpió la era de los biocombustibles generando un salto cualitativo en la perspectiva del negocio. Sí, ya ganamos: ¿cuál sería el precio del maíz si los estadounidenses no estuvieran masticando 50 millones de toneladas del cereal para producir etanol? Se estarían acumulando stocks enormes, afectando a la Argentina, el segundo exportador mundial. Lo mismo con el biodiésel, que se expande aceleradamente en la Unión Europea.
Pero hay algunos puntos en debate. Algunos, como Lester Brown, e incluso la reina de Holanda cuando estuvo acá, plantean que derivar insumos básicos que hoy se destinan a producir alimentos, implica el riesgo de que estos se encarezcan. Es cierto, esto podría suceder, aunque por el momento lo que está pasando es otra cosa: simplemente, que el maíz no esté más barato a pesar de que el corn belt está entregando su tercer mayor cosecha (consecutiva) de la historia. O que la soja o el girasol se hagan trizas.
Ahí sí estaríamos en un problema mayor, como agro y como país. Pensar en esta competencia entre alimentos y energía es meter la basura abajo de la alfombra. Podríamos decir, por ejemplo, que si en lugar de darle el maíz y la harina de soja a los pollos, que lo convierten 10 a 1 en proteína animal (expresado en kilos de materia seca entregados versus kilos de materia seca obtenidos), se lo diéramos a los humanos, comerían diez donde hoy come uno.
Está demostrado que podríamos alimentarnos con maíz, soja y alguna verdurita, pero todavía hay pocos chefs que sepan hacer platos ricos, así que van ganando los animales. El vegetarianismo avanza, pero por ahora seguiremos con la carne, la leche, los huevos, el paté, el faisán, los lechones, y hasta el pescado, que va a ser cada vez más de acuacultura, porque los caladeros no dan más.
Por otro lado, la eficiencia energética de los biocombustibles es enorme. Cultivar una hectárea de soja requiere 30 litros de gasoil, y no hay que gastar en nitrógeno (energéticamente muy caro), porque lo fija por simbiosis con el Rhizobium que nodula en sus raíces. Si rinde 3.000 kilos, entrega 500 de aceite, equivalentes a 600 litros de biodiésel. Y además entrega 2.500 kilos de proteína!
Fuente: Diario Clarín